COFRADÍA CALIFORNIA
 
           

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

A LOS PARTICIPANTES EN LA ASAMBLEA PLENARIA

DEL CONSEJO PONTIFICIO PARA LA FAMILIA

 

Señores cardenales;

Venerados hermanos en el episcopado y en el presbiterado;

Queridos hermanos y hermanas:

 

            s para mí motivo de alegría encontrarme con vosotros al final de la sesión plenaria del Consejo pontificio para la familia, que celebra en estos días su 25º aniversario, pues fue creado por mi venerado predecesor Juan Pablo II el 9 de mayo de 1981. Dirijo a cada uno mi cordial saludo y, en particular, al cardenal Alfonso López Trujillo, a quien doy las gracias por haberse hecho intérprete de los sentimientos comunes.

 

La familia santuario de vida

            uestra reunión os ha permitido examinar los desafíos y los proyectos pastorales relacionados con la familia, considerada con razón como iglesia doméstica y santuario de la vida. Se trata de un campo apostólico amplio, complejo y delicado, al que dedicáis energías y entusiasmo con el objetivo de promover el “evangelio de la familia de la vida”. ¡Cómo no recordar, a este respecto, la visión amplia y clarividente de mis predecesores, especialmente de Juan Pablo II, que promovieron con valentía la causa de la familia, considerándola como una institución decisiva e insustituible para el bien común de los pueblos!.

 

Patrimonio de la humanidad

            a familia, fundada en el matrimonio, constituye un “patrimonio de la humanidad”, una institución social fundamental; es la célula vital y el pilar de la sociedad y esto afecta tanto a creyentes como a no creyentes. Es una realidad por la que todos los Estados deben tener la máxima consideración, pues, como solía repetir Juan Pablo II, “el futuro de la humanidad se fragua en la familia” (Familiaris consortio, 86). Además, según la visión cristiana, el matrimonio, elevado por Cristo a la altísima dignidad de sacramento, confiere mayor esplendor y profundidad al vínculo conyugal, y compromete con mayor fuerza a los esposos que, bendecidos por el Señor de la alianza, se prometen fidelidad hasta la muerte en el amor abierto a la vida.

            ara ellos, el centro y el corazón de la familia es el Señor, que los acompaña en su unión y los sostiene en la misión de educar a sus hijos hacia la edad madura. De este modo, la familia cristiana coopera con Dios no sólo engendrando para la vida divina donada en el bautismo. Estos son los principios, ya conocidos, de la visión cristiana del matrimonio y de la familia. Los recordé una vez más el jueves pasado en mi discurso a los miembros del Instituto Juan Pablo II para estudios sobre el matrimonio y la familia.

            n el mundo actual, en el que se están difundiendo algunas concepciones equívocas sobre el hombre, sobre la libertad y sobre el amor humano, no debemos casarnos nunca de volver a presentar la verdad sobre la familia, tal como ha sido querida por Dios desde la creación. Por desgracia, está aumentando el número de separaciones y divorcios, que rompen la unidad familiar y crean muchos problemas a los hijos, víctimas inocentes de estas situaciones.

            n especial la estabilidad de la familia está hoy en peligro. Para salvaguardarla con frecuencia es necesario ir contracorriente con respecto a la cultura dominante, y esto exige paciencia, esfuerzo, sacrificio y búsqueda incesante de la comprensión mutua. Pero también hoy los cónyuges pueden superar las dificultades y mantenerse fieles a su vocación, recurriendo a la ayuda de Dios con la oración y participando asiduamente en los sacramentos, especialmente en la Eucaristía. La unidad y la firmeza de las familias ayudan a la sociedad a respirar los auténticos valores humanos y a abrirse al Evangelio. A esto contribuye el apostolado de muchos Movimientos, llamados a actuar en este campo en armonía con la diócesis y las parroquias.

 

El embrión humano es una persona

            simismo, hoy un tema muy delicado es el respeto debido al embrión humano, que debería nacer siempre de un acto de amor y ser tratado ya como persona (cf. Evangelium vitae, 60). Los progresos de la ciencia y de la técnica en el ámbito de la bioética se transforman en amenazas cuando el hombre pierde el sentido de sus límites y, en la práctica, pretende sustituir a Dios Creador. La encíclica Humanae vitae reafirma con claridad que la procreación humana debe ser siempre fruto del acto conyugal, con su doble significado de unión y de procreación (cf. n. 12). Lo exige la grandeza del amor conyugal según el proyecto divino, como recordé en la encíclica Deus caritas est: “El “eros”, degradado a puro “sexo”, se convierte en mercancía, en simple “objeto” que se puede comprar y vender; más aún, el hombre mismo se transforma en mercancía (...). En realidad, nos encontramos ante una degradación del cuerpo humano” (n. 5).

            racias a Dios, especialmente entre los jóvenes, muchos están redescubriendo el valor de la castidad, que se presenta cada vez más como una garantía segura del amor auténtico. El momento histórico que estamos viviendo exige que las familias cristianas testimonien con valiente coherencia que la procreación es fruto del amor. Este testimonio estimulará a los políticos y legisladores a salvaguardar los derechos de la familia. Como es sabido, se está acreditando soluciones jurídicas para las así llamadas “uniones de hecho” que, a pesar de rechazar las obligaciones del matrimonio, pretenden gozar de los derechos equivalentes. Además, a veces se quiere llegar incluso a una nueva definición del matrimonio para legalizar las uniones homosexuales, atribuyéndoles también el derecho a la adopción de hijos.

 

El “invierno demográfico”

            mplias áreas del mundo están sufriendo el así llamado “invierno demográfico”, con el consiguiente envejecimiento progresivo de la población. En ocasiones, las familias se ven amenazadas por el miedo ante la vida, la paternidad y la maternidad. Es necesario volverles a dar confianza para que puedan seguir cumpliendo su noble misión de procrear en el amor. Doy las gracias a vuestro Consejo pontificio, pues, a través de encuentros continentales y nacionales, trata de dialogar con quienes tienen responsabilidades políticas y legislativas en este sentido, y se esfuerza por tejer una amplia red de coloquios con los obispos, ofreciendo a las Iglesias locales cursos abiertos a los responsables de la pastoral.

            provecho, además, la ocasión para reiterar la invitación a todas las comunidades diocesanas a participar con sus delegaciones en el V Encuentro mundial de las familias, que se celebrará el próximo mes de julio en Valencia, España, en el que, si Dios quiere, tendré la alegría de participar personalmente.

            racias, una vez más, por el trabajo que realizáis. Que el Señor siga haciéndolo fecundo. Por esto os aseguro mi recuerdo en la oración. Invocando la maternal protección de María, os imparto a todos mi bendición, que extiendo a las familias, para que sigan construyendo su hogar a ejemplo de la Sagrada Familia de Nazaret.

 

 

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SANTA MISA

HOMILÍA. DEL SANTO PADRE

 

                                  Ciudad de las Artes y las Ciencias
                               Domingo 9 de julio de 2006

 

 

Queridos hermanos y hermanas:

     n esta Santa Misa que tengo la inmensa alegría de presidir, conce­ebrando con numerosos hermanos en el episcopado y con un gran -ímero de sacerdotes, doy gracias al Señor por todas las amadas fami­as que os habéis congregado aquí formando una multitud jubilosa, y también por tantas otras que, desde lejanas tierras, seguís esta celebra­ción a través de la radio y la televisión. A todos deseo saludaron y expre­saron mi gran afecto con un abrazo de paz.

 os testimonios de Ester y Pablo, que hemos escuchado antes en las lecturas, muestran cómo la familia está llamada a colaborar en la trans­misión de la fe. Ester confiesa: "Mi padre me ha contado que tú, Señor, escogiste a Israel entre las naciones" (14,5). Pablo sigue la tradición de sus antepasados judíos dando culto a Dios con conciencia pura. Alaba la fe sincera de Timoteo y le recuerda "esa fe que tuvieron tu abuela Loide y tu madre Eunice, y que estoy seguro que tienes también tú" (2 Tm 1,5). En estos testimonios bíblicos la familia comprende no sólo a padres e hijos, sino también a los abuelos y antepasados. La familia se nos mues­tra así como una comunidad de generaciones y garante de un patrimo­nio de tradiciones.

ingún hombre se ha dado el ser a sí mismo ni ha adquirido por sí solo los conocimientos elementales para la vida. Todos hemos recibido de otros la vida y las verdades básicas para la misma, y estamos llama­dos a alcanzar la perfección en relación y comunión amorosa con los demás. La familia, fundada en el matrimonio indisoluble entre un hom­bre y una mujer, expresa esta dimensión relaciona¡, filial y comunitaria, y es el ámbito donde el hombre puede nacer con dignidad, crecer y desa­rrollarse de un modo integral.

uando un niño nace, a través de la relación con sus padres empie­za a formar parte de una tradición familiar, que tiene raíces aún más anti­guas. Con el don de la vida recibe todo un patrimonio de experiencia. A este respecto, los padres tienen el derecho y el deber inalienable de transmitirlo a los hijos: educarlos en el descubrimiento de su identidad, iniciarlos en la vida social, en el ejercicio responsable de su libertad moral y de su capacidad de amar a través de la experiencia de ser ama­dos y, sobre todo, en el encuentro con Dios. Los hijos crecen y maduran humanamente en la medida en que acogen con confianza ese patrimo­nio y esa educación que van asumiendo progresivamente. De este modo son capaces de elaborar una síntesis personal entre lo recibido y lo nuevo, y que cada uno y cada generación está llamado a realizar.

n el origen de todo hombre y, por tanto, en toda paternidad y maternidad humana está presente Dios Creador. Por eso los esposos deben acoger al niño que les nace como hijo no sólo suyo, sino también de Dios, que lo ama por sí mismo y lo llama a la filiación divina. Más aún: toda generación, toda paternidad y maternidad, toda familia tiene su principio en Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. A Ester su padre le había trasmitido, con la memoria de sus antepa­sados y de su pueblo, la de un Dios del que todos proceden y al que todos están llamados a responder. La memoria de Dios Padre que ha ele­gido a su pueblo y que actúa en la historia para nuestra salvación. La memoria de este Padre ilumina la identidad más profunda de los hom­bres: de dónde venimos, quiénes somos y cuán grande es nuestra digni­dad. Venimos ciertamente de nuestros padres y somos sus hijos, pero también venimos de Dios, que nos ha creado a su imagen y nos ha lla­mado a ser sus hijos. Por eso, en el origen de todo ser humano no exis­te el azar o la casualidad, sino un proyecto del amor de Dios. Es lo que nos ha revelado Jesucristo, verdadero Hijo de Dios y hombre perfecto. Él conocía de quién venía y de quién venimos todos: del amor de su Padre y Padre nuestro.

a fe no es, pues, una mera herencia cultural, sino una acción conti­nua de la gracia de Dios que llama y de la libertad humana que puede o no adherirse a esa llamada. Aunque nadie responde por otro, sin embar­go los padres cristianos están llamados a dar un testimonio creíble de su fe y esperanza cristiana. Han de procurar que la llamada de Dios y la Buena Nueva de Cristo lleguen a sus hijos con la mayor claridad y auten­ticidad.

on el pasar de los años, este don de Dios que los padres han con­tribuido a poner ante los ojos de los pequeños necesitará también ser cultivado con sabiduría y dulzura, haciendo crecer en ellos la capacidad de discernimiento. De este modo, con el testimonio constante del amor conyugal de los padres, vivido e impregnado de la fe, y con el acompa­ñamiento entrañable de la comunidad cristiana, se favorecerá que los hijos hagan suyo el don mismo de la fe, descubran con ella el sentido profundo de la propia existencia y se sientan gozosos y agradecidos por ello. La familia cristiana transmite la fe cuando los padres enseñan a sus hijos a rezar y rezan con ellos (cf. Familiaris consortio, 60); cuando los acercan a los sacramentos y los van introduciendo en la vida de la Iglesia; cuando todos se reúnen para leer la Biblia, iluminando la vida familiar a la luz de la fe y alabando a Dios como Padre.

n la cultura actual se exalta muy a menudo la libertad del individuo concebido como sujeto autónomo, como si se hiciera él sólo y se basta­ra a sí mismo, al margen de su relación con los demás y ajeno a su res­ponsabilidad ante ellos. Se intenta organizar la vida social sólo a partir de deseos subjetivos y mudables, sin referencia alguna a una verdad objetiva previa como son la dignidad de cada ser humano y sus deberes y derechos inalienables a cuyo servicio debe ponerse todo grupo social.

     a Iglesia no cesa de recordar que la verdadera libertad del ser humano proviene de haber sido creado a imagen y semejanza de Dios. Por ello, la educación cristiana es educación de la libertad y para la liber­tad. "Nosotros hacemos el bien no como esclavos, que no son libres de obrar de otra manera, sino que lo hacemos porque tenemos personal­mente la responsabilidad con respecto al mundo; porque amamos la ver­dad y el bien, porque amamos a Dios mismo y, por tanto, también a sus criaturas. Ésta es la libertad verdadera, a la que el Espíritu Santo quiere llevarnos" (Homilía en la vigilia de Pentecostés, L'Osservatore Romano, edic. lengua española, 9-6-2006, p. 6)

       esucristo es el hombre perfecto, ejemplo de libertad filial, que nos enseña a comunicar a los demás su mismo amor: "Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor" (Jn 15,9). A este respecto enseña el Concilio Vaticano II que "los esposos y padres cris­tianos, siguiendo su propio camino, deben apoyarse mutuamente en la gracia, con un amor fiel a lo largo de toda su vida, y educar en la ense­ñanza cristiana y en los valores evangélicos a sus hijos recibidos amoro­ samente de Dios. De esta manera ofrecen a todos el ejemplo de un amor incansable y generoso, construyen la fraternidad de amor y son testigos y colaboradores de la fecundidad de la Madre Iglesia como símbolo y participación de aquel amor con el que Cristo amó a su esposa y se entregó por ella" (Lumen gentium, 41).

a alegría amorosa con la que nuestros padres nos acogieron y acompañaron en los primeros pasos en este mundo es como un signo y prolongación sacramental del amor benevolente de Dios del que proce­demos. La experiencia de ser acogidos y amados por Dios y por nues­tros padres es la base firme que favorece siempre el crecimiento y desa­rrollo auténtico del hombre, que tanto nos ayuda a madurar en el cami­no hacia la verdad y el amor, y a salir de nosotros mismos para entrar en comunión con los demás y con Dios.

ara avanzar en ese camino de madurez humana, la Iglesia nos ense­ña a respetar y promover la maravillosa realidad del matrimonio indiso­luble entre un hombre y una mujer, que es, además, el origen de la fami­lia. Por eso, reconocer y ayudar a esta institución es uno de los mayores servicios que se pueden prestar hoy día al bien común y al verdadero desarrollo de los hombres y de las sociedades, así como la mejor garan­tía para asegurar la dignidad, la igualdad y la verdadera libertad de la persona humana.

n este sentido, quiero destacar la importancia y el papel positivo que a favor del matrimonio y de la familia realizan las distintas asocia­ciones familiares eclesiales. Por eso, "deseo invitar a todos los cristianos a colaborar, cordial y valientemente con todos los hombres de buena voluntad, que viven su responsabilidad al servicio de la familia" (Familiaris consortio, 86), para que uniendo sus fuerzas y con una legíti­ma pluralidad de iniciativas contribuyan a la promoción del verdadero bien de la familia en la sociedad actual.

olvamos por un momento a la primera lectura de esta Misa, toma­da del libro de Ester. La Iglesia orante ha visto en esta humilde reina, que intercede con todo su ser por su pueblo que sufre, un prefiguración de María, que su Hijo nos ha dado a todos nosotros como Madre; una pre­figuración de la Madre, que protege con su amor a la familia de Dios que peregrina en este mundo. María es la imagen ejemplar de todas las madres, de su gran misión como guardianas de la vida, de su misión de enseñar el arte de vivir, el arte de amar

a familia cristiana -padre, madre e hijos- está llamada, pues, a cum­plir los objetivos señalados no como algo impuesto desde fuera, sino como un don de la gracia del sacramento del matrimonio infundida en los esposos. Si éstos permanecen abiertos al Espíritu y piden su ayuda, él no dejará de comunicarlés el amor de Dios Padre manifestado y encar­nado en Cristo. La presencia del Espíritu ayudará a los esposos a no per­der de vista la fuente y medida de su amor y entrega, y a colaborar con él para reflejarlo y encarnarlo en todas las dimensiones de su vida. El Espíritu suscitará asimismo en ellos el anhelo del encuentro definitivo con Cristo en la casa de su Padre y Padre nuestro. Éste es el mensaje de esperanza que desde Valencia quiero lanzar a todas las familias del mundo. Amén

 
 

 

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LA FAMILIA PATRIMONIO DE LA HUMANIDAD

 

 

(PUBLICADO EN ALFA Y OMEGA N° 506)

 

 

las puertas del V Encuentro Mundial de las Familias se hace necesario reflexionar sobre el ser deja familia. Un aspecto que no debe pasar inadvertido es la riqueza secular que atesora la familia como institución humana. Las obras de Homero, las pirámides de Egipto, las pinturas de Miguel Ángel o Rembrandt, son indudable­mente patrimonio de la Humanidad; nadie duda del deber de conser­var tales obras y de legarlas sin merma a los hombres del futuro. Así se ha entendido siempre -desde hace milenios- la institución familiar. Las civilizaciones antiguas, cada una a su modo, amparaban el matri­monio y la familia; la costumbres, las leyes, las finanzas y la misma política, no sólo han defendido, sino que han apoyado y se han apo­yado siempre en la familia. El Derecho Romano -obra cumbre también de la Humanidad- y la cultura cristiana establecieron la convivencia, las libertades y los derechos de la persona en base a la familia. La ins­titución familiar y matrimonial ha configurado la sociedad desde los recuerdos más remotos del hombre. Yesto no es sólo cuestión de cos­tumbrismo, de hábitos heredados. En lo más íntimo del ser del hom­bre está la sociabilidad. La sociedadno es fruto de unos pactos de convivencia. Éstos son invento de la modernidad, pero la naturaleza social forma parte definitoria de la misma persona humana. Por eso la sociedad está en función de la per­sona, no al revés, como pretenden las ideologías colectivistas; el bien común es «el conjunto de aquellas condiciones de vida social -el res­peto y la protección de la familia entre otras- que permiten a las per­sonas alcanzar más plena y fácilmente su propia perfección» (Catecismo de la Iglesia católica) Y la persona es, por naturaleza -por nacimiento y por esencia-, un ser familiar. Le es debido en justicia tener padres y hermanos.

    ada hombre -cada mujer- tiene derecho a nacer en familia, a vivir en familia y a morir en familia, y esto le hace más humano en sen­tido propio. «La familia es la única institución social encargada de transformar un organismo biológico en un ser humano» (Goode, The family, 1965). Si alguien no alcanza este ser y este vivir en familia, ten­drá indudables carencias en su vida. También por esta razón la socie­dad tiene el deber de proteger y cuidar la familia.

     l origen de la familia está más allá de cualquier ideología o deba­te. Se basa en un hecho natural que nos remonta al Creador: la dife­rencia sexual varón/mujer.

     l hombre no es un ser abstracto; se encarna necesariamente en uno de esos dos modos humanos de ser. Y tal diferencia apunta -tam­bién de un modo natural y sin elucubraciones a un doble fin: la com­plementariedad sexual y afectiva; y la promoción de la vida, la pro­creación. ¿Qué supone esto? Que la familia de fundación matrimonial hace justicia a las exigencias primarias de la persona y, en definitiva, a la verdad sobre el hombre. La protección social y legal que, durante siglos, ha tutelado a la familia matrimonial no es, pues, un artificio. Al cuidar de la familia así concebida, las leyes y las costumbres defien­den un bien social fundamental.

     a familia fundada sobre el matrimonio debe ser amparada por la ley y defendida por todas las fuerzas sociales. Sin confusión con otros modelos de convivencia, que no responden a la verdad sobre la sexualidad humana, ni proporcionan las condiciones adecuadas para el buen desarrollo de la persona.

     sto no quiere decir, naturalmente, que deba maltratarse a nadie. Hay que buscar fórmulas para que toda persona, en el ejercicio de su libertad, se encuentre amparada por la ley y no en situación de mar­ginación.

     ero es una grave injusticia que, por defender los derechos de las minorías, se atente contra la seguridad de todos y se desvirtúe la herencia patrimonial más rica de la Humanidad. En el ejercicio de esa libertad -a la que se tiene derecho- nadie puede atentar contra lo que es un bien de todos. Definir la familia como el modelo de convivencia basado en la alianza matrimonial, no es mermar la libertad de nadie: es defender el núcleo esencial de la sociedad y el ámbito más ade­cuado par el desarrollo personal.

    a dificultad que presenta la cultura dominante surge por un reduccionismo de conceptos comenzado hace un par de siglos, y llegado en la postmodernidad a su máxima expresión. En primer lugar, la reducción de la persona a individuo; por no hablar de la reducción a mera estructura (véase Levi-Strauss, Foucault). El individuo es el sujeto en sí, aislado, el ser para sí de Sartre; que no dice relación a nada ni a nadie. Supone el empobrecimiento radical de la noción de persona, que es –por esencia- un ser para la relación; alguien abierto a la trascendencia: abierto a Dios, en último término.

     n segundo lugar, el reducionismo de la libertad. Al convertirse el hombre en un s e r – p a r a – s í, la libertad acaba también siendo una l i b e r t a d – p a r a – l i b e r t a d . En vez de servir a la persona, se convierte en un fin de sí misma. Esto pervierte a la persona, que ya no se considera libre para vivir la vida en plenitud, sino que, desvinculada de la verdad de la persona, la libertad le lleva a la deriva. Así, el antojo, el capricho, la comodidad o la ambición, se adueñan de la razón humana. No es posible razonar con ideologías de este corte. Simplemente tratan, con todas sus fuerzas, de imponer la propia libertad. Es la dictadura del r e l a t i – v i s m o, como recuerda Benedicto XVI, que conlleva la ruina- en este caso- de una herencia social y cultural de siglos, que es patrimonio de la humanidad.

     e la misma manera que se hacen ímprobos esfuerzos para defender el patrimonio cultural y artístico, es necesaria una coordinada de todos para evitar el desmoronamiento de este pilar cultural y humano de la familia, tal como se ha entendido desde siempre. <<Las autoridades civiles tienen el deber de favorecer el desarrollo armónico de la familia, no sólo desde el punto de vista de su vitalidad social, sino también de su saludmoral y espiritual >>, recordaba Juan Pablo II en la Carta a los Jefes de Estado, con motivo de la Conferencia de El Cairo. Esparamos del Papa Benedicto XVI su palabra autorizada que nos confirme en la verdad de la familia

 

 

                                                                                                                 Juan Antonio Reig Pla

                                                                       Obispo de Cartagena y Presidente de la Subcomisión episcopal de Familia y Vida

 
 

 

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MENSAJE DEL

SANTO PADRE BENEDICTO XVI

PARA LA CUARESMA DE 2007

«Mirarán al que traspasaron» (Jn 19,37).

¡Queridos hermanos y hermanas!

 

     «irarán al que traspasaron» (Jn 19,37). Éste es el tema bíblico que guía este año nuestra reflexión cuaresmal. La Cuaresma es un tiempo propicio para aprender a permanecer con María y Juan, el discípulo predilecto, junto a Aquel que en la Cruz consuma el sacrificio de su vida para toda la humanidad (cf. Jn 19,25). Por tanto, con una atención más viva, dirijamos nuestra mirada, en este tiempo de penitencia y de oración, a Cristo crucificado que, muriendo en el Calvario, nos ha revelado plenamente el amor de Dios. En la Encíclica Deus caritas est he tratado con detenimiento el tema del amor, destacando sus dos formas fundamentales: el agapé y el eros.

 

 

El amor de Dios: agapé y eros

 

 

     l término agapé, que aparece muchas veces en el Nuevo Testamento, indi­ca el amor oblativo de quien busca exclusivamente el bien del otro; la palabra eros denota, en cambio, el amor de quien desea poseer lo que le falta y anhela la unión con el amado. El amor con el que Dios nos envuelve es sin duda agapé. En efecto, ¿acaso puede el hombre dar a Dios algo bueno que Él no posea ya? Todo lo que la criatura humana es y tiene es don divino: por tanto, es la criaturala que tiene necesidad de Dios en todo. Pero el amor de Dios es también eros. En el Antiguo Testamento el Creador del universo muestra hacia el pueblo que ha elegido una predilección que trasciende toda motivación humana. El profeta Oseas expresa esta pasión divina con imágenes audaces como la del amor de un hombre por una mujer adúltera (cf. 3,1-3); Ezequiel, por su parte, hablando de la relación de Dios con el pueblo de Israel, no tiene miedo de usar un lenguaje ardiente y apasionado (cf. 16,1-22). Estos textos bíblicos indican que el eros for­ma parte del corazón de Dios: el Todopoderoso espera el «sí» de sus criaturas como un joven esposo el de su esposa. Desgraciadamente, desde sus orígenes la humanidad, seducida por las mentiras del Maligno, se ha cerrado al amor de Dios, con la ilusión de una autosuficiencia que es imposible (cf. Gn 3,1-7). Re­plegándose en si mismo, Adán se alejó de la fuente de la vida que es Dios mis­mo, y se convirtió en el primero de «los que, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud» (Hb 2,15). Dios, sin embargo, no se dio por vencido, es más, el «no» del hombre fue como el empujón decisivo que le indujo a manifestar su amor en toda su fuerza redentora.

 

La Cruz revela la plenitud del amor de Dios

     

     n el misterio de la Cruz se revela enteramente el poder irrefrenable de la misericordia del Padre celeste. Para reconquistar el amor de su criatura, Él acep­tó pagar un precio muy alto: la sangre de su Hijo Unigénito. La muerte, que para el primer Adán era signo extremo de soledad y de impotencia, se transformó de este modo en el acto supremo de amor y de libertad del nuevo Adán. Bien podemos entonces afirmar, con san Máximo el Confesor, que Cristo «murió, si así puede decirse, divinamente, porque murió libremente» (Ambigua, 91, 1956). En la Cruz se manifiesta el eros de Dios por nosotros. Efectivamente, eros es -como expresa Pseudo-Dionisio Areopagita- esa fuerza «que hace que los amantes no lo sean de sí mismos, sino de aquellos a los que aman» (De divinis nominibus, IV, 13: PG 3, 712). ¿Qué mayor «eros loco» (N. Cabasilas, Vida en Cristo, 648) que el que trajo el Hijo de Dios al unirse a nosotros hasta tal punto que sufrió las consecuencias de nuestros delitos como si fueran propias?

 

«Al que traspasaron»

 

 

     ueridos hermanos y hermanas, ¡miremos a Cristo traspasado en la Cruz! Él es la revelación más impresionante del amor de Dios, un amor en el queeros y agapé, lejos de contraponerse, se iluminan mutuamente. En la Cruz Dios mismo mendiga el amor de su criatura: Él tiene sed del amor de cada uno de nosotros. El apóstol Tomás reconoció a Jesús como «Señor y Dios» cuando puso la mano en la herida de su costado. No es de extrañar que, entre los santos, muchos hayan encontrado en el Corazón de Jesús la expresión más conmovedora de este misterio de amor. Se podría incluso decir que la revela­ción del eros de Dios hacia el hombre es, en realidad, la expresión suprema de su agapé. En verdad, sólo el amor en el que se unen el don gratuito de uno mismo y el deseo apasionado de reciprocidad infunde un gozo tan intenso que convierte en leves incluso los sacrificios más duros. Jesús dijo: «Yo cuando sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32). La respuesta que el Señor desea ardiente,mente de nosotros es ante todo que aceptemos su amor y nos dejemos atraer por Él. Aceptar su amor, sin embargo, no es suficiente. Hay que corresponder a ese amor y luego comprometerse a comunicarlo a los demás: Cristo «me atrae hacia sí» para unirse a mí, para que aprendá a amar a los hermanos con su mismo amor.

 

Sangre y agua

 

«irarán al que traspasaron». ¡Miremos con confianza el costado traspa­sado de Jesús, del que salió «sangre y agua» (Jn 19,34)! Los Padres de la Iglesia consideraron estos elementos como símbolos de los sacramentos del Bautismo y de la Eucaristía. Con el agua del Bautismo, gracias a la acción del Espíritu Santo, se nos revela la intimidad del amor trinitario. En el cami­no cuaresmal, haciendo memoria de nuestro Bautismo, se nos exhorta a salir de nosotros mismos para abrirnos, con un confiado abandono, al abrazo mi­sericordioso del Padre (cf. S. Juan Crisóstomo, Catequesis, 3,14 ss.). La san­gre, símbolo del amor del Buen Pastor, llega a nosotros especialmente en el misterio eucarístico: «La Eucaristía nos adentra en el acto oblativo de Je­sús... nos implicamos en la dinámica de su entrega» (Ene. Deus caritas est, 13). Vivamos, pues, la Cuaresma como un tiempo «eucarístico», en el que, aceptando el amor de Jesús, aprendamos a difundirlo a nuestro alrededor con cada gesto y palabra. De ese modo contemplar «al que traspasaron» nos llevará a abrir el corazón a los demás reconociendo las heridas infligidas a la dignidad del ser humano; nos llevará, particularmente, a luchar contra toda forma de desprecio de la vida y de explotación de la persona y a aliviar los dramas de la soledad y del abandono de muchas personas.

 

     ue la Cuaresma sea para todos los cristianos una experiencia renovada del amor de Dios quese nos ha dado en Cristo, amor que por nuestra parte cada día debemos «volver a dar» al prójimo, especialmente al que sufre y al necesitado. Sólo así podremos participar plenamente de la alegría de la Pascua. Que María, la Madre del Amor Hermoso, nos guíe en este itinerario cuaresmal, camino de auténtica conversión al amor de Cristo. A vosotros, queridos hermanos y hermanas, os deseo un provechoso camino cuaresmal y, con afecto, os envío a todos una especial Bendición Apostólica.

Vaticano, 21 de noviembre de 2006

 

 

DIÓCESIS DE CARTAGENA

 

VICARÍA EPISCOPAL CARTAGENA

 

 

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CARTA DE LOS DERECHOS DE LA FAMILIA

Presentada por la santa sede
A todas las personas, instituciones y
autoridades interesadas

En el mundo contemporáneo

 

© PONTIFICIO INSTITUTO JUAN PABLO II

para estudios sobre el Matrimonio y la Familia

 © Edita: Siquem Ediciones

C/ Avellanas, 11 Bajo - 46003 Valencia (España) Tel. 963 91 47 61

e-mail: ediciones@siquem.es web: www.siquem.es

Depósito Legal: V-1945-2006

Imprenta NÁCHER, S.L. Valencia. ( España)

 

INTRODUCCIÓN

a «Carta de los Derechos de la Familia» responde a un voto for­mulado por el Sínodo de los obispos reunidos en Roma en 1980, para estudiar el tema «El papel de la familia cristiana en el mundo contemporáneo» (cfr. Proposición 42). Su Santidad el Papa Juan Pablo II, en la Exhortación Apostólica Familiaris consortio (n. 46) aprobó el voto del Sínodo e instó a la Santa Sede para que prepa­rara una Carta de los Derechos de la Familia destinada a ser pre­sentada a los organismos y autoridades interesadas.

s importante comprender exactamente la naturaleza y el estilo de la Carta tal como es presentada aquí. Este documento no es una exposición de teología dogmática o moral sobre el matrimonio y la familia, aunque refleja el pensamiento de la Iglesia sobre la materia. No es tampoco un código de conducta destinado a las personas o a las instituciones a las que se dirige. La Carta difiere también de una simple declaración de principios teóricos sobre la familia. Tiene más bien la finalidad de presentar a todos nuestros contemporáne­os, cristianos o no, una formulación -lo más completa y ordenada posible- de los derechos fundamentales inherentes a esta sociedad natural y universal que es la familia.

os derechos enunciados en la Carta están impresos en la con­ciencia del ser humano y en los valores comunes de toda la huma­nidad. La visión cristiana está presente en esta Carta como luz de la revelación divina que esclarece la realidad natural de la familia. Esos derechos derivan en definitiva de la ley inscrita por el Creador en el corazón de todo ser humano. La sociedad está llamada a defender esos derechos contra toda violación, a respetarlos y a promoverlos en la integridad de su contenido.

os derechos que aquí se proponen han de ser tomados según el carácter específico de una «Carta». En algunos casos, conllevan normas propiamente vinculantes en el plano jurídico; en otros casos, son expresión de postulados y de principios fundamentales para la elaboración de la legislación y desarrollo de la política fami­liar. En todo caso, constituyen una llamada profética en favor de la institución familiar que debe ser respetada y defendida contra toda agresión.

asi todos estos derechos han sido expresados ya en otros documentos, tanto de la Iglesia como de la comunidad internacio­nal. La presente Carta trata de ofrecer una mejor elaboración de los mismos, definirlos con más claridad y reunirlos en una presentación orgánica, ordenada y sistemática. En el anexo se podrá encontrar la indicación de «fuentes y referencias» de los textos en que se han inspirado algunas de las formulaciones.

a Carta de los Derechos de la Familia es presentada ahora por la Santa Sede, organismo central y supremo de gobierno de la Iglesia católica. El documento ha sido enriquecido por un conjunto de observaciones y análisis reunidos tras una amplia consulta a las Conferencias episcopales de toda la Iglesia, así como a expertos en la materia y que representan culturas diversas.

a Carta está destinada en primer lugar a los Gobiernos. Al rea­firmar, para bien de la sociedad la conciencia común de los dere­chos esenciales de la familia, la Carta ofrece a todos aquellos que comparten la responsabilidad del bien común un modelo y una referencia para elaborar la legislación y la política familiar, y una guía para los programas de acción.

l mismo tiempo la Santa Sede propone con confianza este docu­mento a la atención de las Organizaciones Internacionales e inter­gubernamentales que, por su competencia y su acción en la defensa y promoción de los derechos del hombre, no pueden ignorar o permi­tir las violaciones de los derechos fundamentales de la familia.

a Carta, evidentemente, se dirige también a las familias mismas: ella trata de fomentar en el seno de aquéllas la conciencia de la fun­ción y del puesto irreemplazable de la familia; desea estimular a las familias a unirse para la defensa y la promoción de sus derechos; las anima a cumplir su deber de tal manera que el papel de la familia sea  más claramente comprendido y reconocido en el mundo actual,

a Carta se dirige finalmente a todos, hombres y mujeres, para que se comprometan a hacer todo lo posible, a fin de asegurar que los derechos de la familia sean protegidos y que la institución familiar fortalecida para bien de toda la humanidad, hoy y en el futuro.

a Santa Sede, al presentar esta Carta, deseada por los repre­sentantes del Episcopado mundial, dirige una llamada particular a todos los miembros y a todas las instituciones de la Iglesia, para que den un testimonio claro de sus convicciones cristianas sobre la misión irreemplazable de la familia, y procuren que familias y padres reciban el apoyo y estímulo necesarios para el cumplimiento de la tarea que Dios les ha confiado.

CARTA DE LOS DERECHOS DE LA FAMILIA preámbulo

Considerando que:

 

. los derechos de la persona, aunque expresados como dere­chos del individuo, tienen una dimensión fundamentalmente social que halla su expresión innata y vital en la familia;

 

. la familia está fundada sobre el matrimonio, esa unión íntima de vida, complemento entre un hombre y una mujer, que está constitui­da por el vínculo indisoluble del matrimonio, libremente contraído, públicamente afirmado, y que está abierta a la transmisión de la vida;

 

. el matrimonio es la institución natural a la que está exclusiva­mente confiada la misión de transmitir la vida;

 

. la familia, sociedad natural, existe antes que el Estado o cual­quier otra comunidad, y posee unos derechos propios que son ina­lienables;

 

. la familia constituye, más que una unidad jurídica, social y eco­nómica, una comunidad de amor y de solidaridad, insustituible para la enseñanza y transmisión de los valores culturales, éticos, socia­les, espirituales y religiosos, esenciales para el desarrollo y bienes­tar de sus propios miembros y de la sociedad;

 

. la familia es el lugar donde se encuentran diferentes generacio­nes y donde se ayudan mutuamente a crecer en sabiduría humana y a armonizar los derechos individuales con las demás exigencias de la vida social;

. la familia y la sociedad, vinculadas mutuamente por lazos vita­les y orgánicos, tienen una función complementaria en la defensa y promoción del bien de la humanidad y de cada persona;

 

. la experiencia de diferentes culturas a través de la historia ha mostrado la necesidad que tiene la sociedad de reconocer y defen­der la institución de la familia;

. la sociedad, y de modo particular el Estado y las Organizacio­nes Internacionales, deben proteger la familia con medidas de ca­rácter político, económico, social y jurídico, que contribuyan a con­solidar la unidad y la estabilidad de la familia para que pueda cum­plir su función específica;

 

. los derechos, las necesidades fundamentales, el bienestar y los valores de la familia, por más que se han ido salvaguardando progresivamente en muchos casos, con frecuencia son ignorados y no raras veces minados por leyes, instituciones y programas socio­económicos;

 

. muchas familias se ven obligadas a vivir en situaciones de pobreza que les impiden cumplir su propia misión con dignidad;

 

. la Iglesia Católica, consciente de que el bien de la persona, de la sociedad y de la Iglesia misma pasa por la familia, ha considera­do siempre parte de su misión proclamar a todos el plan de Dios intrínseco a la naturaleza humana sobre el matrimonio y la familia, promover estas dos instituciones y defenderlas de todo ataque diri­gido contra ellas;

. el Sínodo de los Obispos celebrado en 1980 recomendó ex­plícitamente que se preparara una Carta de los Derechos de la Familia y se enviara a todos los interesados; la Santa Sede, tras haber con­sultado a las Conferencias Episcopales, presenta ahora esta e insta a los Estados, Organizaciones Internacionales y a todas las Institucio­nes y personas interesadas, para que promuevan el respeto de estos derechos y aseguren su efectivo reconocimiento y observancia.

Artículo 1

odas las personas tienen el derecho de elegir libremenente su estado de vida y por lo tanto derecho a contraer matrimonio y esta­blecer una familia o a permanecer célibes.

a) Cada hombre y cada mujer, habiendo alcanzado la edad matri­monial y teniendo la capacidad necesaria, tiene el derecho de con­traer matrimonio y establecer una familia sin discriminaciones de ningún tipo; las restricciones legales a ejercer este derecho, sean de naturaleza permanente o temporal, pueden ser introducidas úni­camente cuando son requeridas por graves y objetivas exigencias de la institución del matrimonio mismo y de su carácter social y público; deben respetar, en todo caso, la dignidad y los derechos fundamentales de la persona.

b) Todos aquellos que quieren casarse y establecer una familia tie­nen el derecho de esperar de la sociedad las condiciones morales, educativas, sociales y económicas que les permitan ejercer su dere­cho a contraer matrimonio con toda madurez y responsabilidad.

c) El valor institucional del matrimonio debe ser reconocido por las autoridades públicas; la situación de las parejas no casadas no debe ponerse al mismo nivel que el matrimonio debidamente contraído.

Artículo 2

l matrimonio no puede ser contraído sin el libre y pleno consen­timiento de los esposos debidamente expresado.

a) Con el debido respeto por el papel tradicional que ejercen las familias en algunas culturas guiando la decisión de sus hijos, debeser evitada toda presión que tienda a impedir la elección de una persona concreta como cónyuge.

 b) Los futuros esposos tienen el derecho de que se respete su libertad religiosa. Por lo tanto, el imponer como condición previa para el matrimonio una abjuración de la fe, o una profesión de fe que sea contraria a su conciencia, constituye una violación de este derecho.

 c) Los esposos, dentro de la natural complementariedad que e­xiste entre hombre y mujer, gozan de la misma dignidad y de igua­les derechos respecto al matrimonio.

Artículo 3

os esposos tienen el derecho inalienable de fundar una familia y decidir sobre el intervalo entre los nacimientos y el número de hijos a procrear, teniendo en plena consideración los deberes para con­sigo mismos, para con los hijos ya nacidos, la familia y la sociedad, dentro de una justa jerarquía de valores y de acuerdo con el orden moral objetivo que excluye el recurso a la contracepción, la esteri­lización y el aborto.

 a) Las actividades de las autoridades públicas o de organizacio­nes privadas, que tratan de limitar de algún modo la libertad de los esposos en las decisiones acerca de sus hijos constituyen una ofensa grave a la dignidad humana y a la justicia.

 b) En las relaciones internacionales, la ayuda económica conce­dida para la promoción de los pueblos no debe ser condicionada a la aceptación de programas de contracepción, esterilización o aborto.

 c) La familia tiene derecho a la asistencia de la sociedad en lo referente a sus deberes en la procreación y educación de los hijos. Las parejas casadas con familia numerosa tienen derecho a una ayuda adecuada y no deben ser discriminadas.

Artículo 4

a vida humana debe ser respetada y protegida absolutamente desde el momento de la concepción.

a) El aborto es una directa violación del derecho fundamental a la vida del ser humano.

b) El respeto por la dignidad del ser humano excluye toda mani­pulación experimental o explotación del embrión humano.

c) Todas las intervenciones sobre el patrimonio genético (lo la persona humana que no están orientadas a corregir las anomalías, constituyen una violación del derecho a la integridad física y están en contraste con el bien de la familia.

d) Los niños, tanto antes como después del nacimiento, tienen derecho a una especial protección y asistencia, al igual que sus ma­dres durante la gestación y durante un período razonable después del alumbramiento.

e) Todos los niños, nacidos dentro o fuera del matrimonio, gozan del mismo derecho a la protección social para su desarrollo personal integral.

f) Los huérfanos y los niños privados de la asistencia de sus padres o tutores deben gozar de una protección especial por parte de la sociedad. En lo referente a la tutela o adopción, el Estado debe procurar una legislación que facilite a las familias idóneas acoger a niños que tengan necesidad de cuidado temporal o permanente y que al mismo tiempo respete los derechos naturales de los padres.

g) Los niños minusválidos tienen derecho a encontrar en casa y en la escuela un ambiente conveniente para su desarrollo humano.

 

Artículo 5

or el hecho de haber dado la vida a sus hijos, los padres timen el derecho originario, primario e inalienable de educarlos; por esta razón ellos deben ser reconocidos como los primeros y principales educadores de sus hijos.

a) Los padres tienen el derecho de educar a sus hijos conforme  a sus convicciones morales y religiosas, teniendo presentes; las tradiciones culturales de la familia que favorecen el bien y la dignidad del hijo; ellos deben recibir también de la sociedad la ayuda y asistencia necesarias para realizar de modo adecuado su función educadora.

b) Los padres tienen el derecho de elegir libremente las escuelas u otros medios necesarios para educar a sus hijos según sus con­ciencias. Las autoridades públicas deben asegurar que las subven­ciones estatales se repartan de tal manera que los padres sean ver­daderamente libres para ejercer su derecho, sin tener que soportar cargas injustas. Los padres no deben soportar, directa o indirecta­mente, aquellas cargas suplementarias que impiden o limitan injus­tamente el ejercicio de esta libertad.

c) Los padres tienen el derecho de obtener que sus hijos no sean obligados a seguir cursos que no están de acuerdo con sus convic­ciones morales y religiosas. En particular, la educación sexual -que es un derecho básico de los padres- debe ser impartida bajo su atenta guía, tanto en casa como en los centros educativos elegidos y controlados por ellos.

d) Los derechos de los padres son violados cuando el Estado impone un sistema obligatorio de educación del que se excluye toda formación religiosa.

e) El derecho primario de los padres a educar a sus hijos debe ser tenido en cuenta en todas las formas de colaboración entre padres, maestros y autoridades escolares, y particularmente en las formas de participación encaminadas a dar a los ciudadanos una voz en el funcionamiento de las escuelas, y en la formulación y aplicación de la política educativa.

f) La familia tiene el derecho de esperar que los medios de comunicación social sean instrumentos positivos para la cons­trucción de la sociedad y que fortalezcan los valores fundamenta­les de la familia. Al mismo tiempo ésta tiene derecho a ser prote­gida adecuadamente, en particular respecto a sus miembros más jóvenes, contra los efectos negativos y los abusos de los medios de comunicación.

 

Artículo 6

a familia tiene el derecho de existir y progresar como familia

a) Las autoridades públicas deben respetar y promover la dignidad, justa independencia, intimidad, integridad y estabilidad de cada familia.

b) El divorcio atenta contra la institución misma del matrimonio y de la familia.

c) El sistema de familia amplia, donde exista, debe ser tenido en estima y ayudado en orden a cumplir  su papel tradicional de solidaridad  y asistencia mutua, respetando a la vez los derechos del núcleo familiar y la dignidad personal de cada miembro.

 

Artículo 7

ada familia tiene el derecho de vivir libremente su propia vida religiosa en el hogar, bajo la dirección de los padres, así como el derecho de profesar públicamente su fe y propagarla, participar en los actos de culto en público y en los programas de instrucción religiosa libremente elegidos, sin sufrir alguna discriminación

 

Artículo 8

a familia tiene el derecho de ejercer su función social y política en la construcción de la sociedad.

a) Las familias tienen el derecho de formar asociaciones con otras familias e instituciones, con el fin de cumplir la tarea familiar de manera apropiada y eficaz, así como defender los derechos, fomentar el bien y representar los intereses de la familia.

b) En el orden económico, social, jurídico y cultural, las familias y las asociaciones familiares deben ver reconocido su propio papel en la planificación y el desarrollo de programas que afectan, a la vida familiar.

 

Artículo 9

as familias tienen el derecho de poder contar con una adecuada política familiar por parte de las autoridades públicas en el terreno jurídico, económico, social y fiscal, sin discriminación alguna.

a) Las familias tienen el derecho a unas condiciones económicas que les aseguren un nivel

de vida apropiado a su dignidad y a su pleno desarrollo. No se les puede impedir que adquieran y manten­gan posesiones privadas que favorezcan una vida familiar estable; y las leyes referentes a herencias o transmisión de propiedad deben respetar las necesidades y derechos de los miembros de la familia.

b) Las familias tienen derecho a medidas de seguridad social que tengan presentes sus necesidades, especialmente en caso de muer­te prematura de uno o ambos padres, de abandono de uno de los cónyuges, de accidente, enfermedad o invalidez, en caso de desem­pleo, o en cualquier caso en que la familia tenga que soportar cargas extraordinarias en favor de sus miembros por razones de ancianidad, impedimentos físicos o psíquicos, o por la educación de los hijos.

c) Las personas ancianas tienen el derecho de encontrar dentro de su familia o, cuando esto no sea posible, en instituciones ade­cuadas, un ambiente que les facilite vivir sus últimos años de vida serenamente, ejerciendo una actividad compatible con su edad y que les permita participar en la vida social.

d) Los derechos y necesidades de la familia, en especial el valor de la unidad familiar, deben tenerse en consideración en la legisla­ción y política penales, de modo que el detenido permanezca en contacto con su familia y que ésta sea adecuadamente sostenida durante el período de la detención.

 

Artículo 10

as familias tienen derecho a un orden social y económico en el que la organización del trabajo permita a sus miembros vivir juntos, y que no sea obstáculo para la unidad, bienestar, salud y estabili­dad de la familia, ofreciendo también la posibilidad de un sano esparcimiento.

a) La remuneración por el trabajo debe ser suficiente para fundar y mantener dignamente a la familia, sea mediante un salario ade­cuado, llamado «salario familiar», sea mediante otras medidas sociales como los subsidios familiares o la remuneración por el tra­bajo en casa de uno de los padres; y debe ser tal que las madres no se vean obligadas a trabajar fuera de casa en detrimento de la vida familiar y especialmente de la  familia y la sociedad.

b) El trabajo de la madre en casa debe ser reconocido y respetado por su valor para la familia y la sociedad

 

 

Artículo 11

a familia tiene derecho a una vivienda decente, apta para la vida familiar, y proporcionada al número de sus miembros, en un ambiente físicamente sano que ofrezca los

servicios para la vida de la familia y de la comunidad.

 

 

Articulo 12

 

as familias de emigrantes tienen derecho a la misma protección que se da a las otras familias

a)Las familias de los inmigrantes tienen el derecho de ser respetadas en su propia cultura y recibir el apoyo y la asistencia en orden a su integración

dentro de la comunidad, a cuyo bien contribuyen.

b)Los trabajadores emigrantes tienen derecho de ver reunida su familia lo antes posible.

c)Los refugiados tienen derecho a la asistencia de las autoridades públicas y de las organizaciones internacionales que les facilite la reunión de sus familias.

      

FUENTES Y REFERENCIAS

RERUM NOVARUM.

PACEM IN TERRIS.

CODEX IURIS CANONICI.

GAUDIUM ET SPES.

HUMANAE VITAE.

FAMILIARIS CONSORTIO.

DECLARACIÓN UNIVERSAL DE LOS DERECHOS HUMANOS.

DIGNITATIS HUMANAE.

POPULORUM PROGRESSIO.

 

DECLARACIÓN SOBRE EL ABORTO PROVOCADO (S. CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE), 18 DE NOVIEMBRE DE 1974.

 

JUAN PABLO II, DISCURSO A LA ACADEMIA PONTIFICIA DE LAS CIENCIAS, 23 DE OCTUBRE DE 1982.

 

DECLARACIÓN SOBRE LOS DERECHOS DEL NIÑO.

DIVINI ILLIUS MAGISTRI.

GRAVISSIMUM EDUCATIONIS.

 

JUAN PABLO II, LIBERTAD RELIGIOSA Y EL ACTA FINAL DE HELSINKI (CARTA A LOS JEFES DE LAS NACIONES SIGNATARIAS DEL ACTA FINAL DE HELSINKI).

 

PABLO VI, MENSAJE PARA LA TERCERA JORNADA MUNDIAL DE LAS COMUNICACIONES SOCIALES, 1969.

 

CONVENCIÓN INTERNACIONAL SOBRE LOS DERECHOS CIVILES Y POLÍTICOS. APOSTOLICAM ACTUOSITATEM.

LABOREM EXERCENS.

 

CONVENCIÓN INTERNACIONAL SOBRE LOS DERECHOS ECONÓMICOS, SOCIALES Y CULTURALES.

 

MATER ET MAGISTRA.

CARTA SOCIAL EUROPEA.

 

           

 

 
 

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